Escultura «Desnudos»

Esculturas en Gijón [Gijón - Asturias]

 

Datos técnicos

Categoría: Esculturas

Tipo: Esculturas

 

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985 341 771 (Oficina de turismo)

Descripción

Emplazamiento: Parque de Isabel la Católica

Autor: Antonio Cruz Collado

Centenario de Cruz Collado, escultor

Antonio Cruz González

Madrid, 16 marzo de 2005

En nuestro país, a los héroes y a los genios se les suele reconocer sus méritos cuando fallecen. Surge una caterva de «amigos de Job», cuyos sabios consejos y meritorias crónicas necrológicas ensalzadoras aparecen como por encanto, llevando al ponderado fallecido al Olimpo del Panteón de ilustres. Pues ni en su vida, ni en su fallecimiento, tuvo Antonio Cruz Collado corifeos. Toda esta reparandoria introductoria es para demostrar, lejos de la hagiografía de su amante hijo, que sus méritos, como buen escultor se esfumaron y quedó la obra, pero no quedó el nombre. Tuvo sus dos o tres minutos de fama, Premio Nacional de Escultura con la monarquía del abuelo Borbón del rey actual, Medalla de Oro de Bellas Artes en la Segunda República, Pensionista becado en Roma, Florencia y París, también en estos períodos. Visitador escéptico de Nueva York, donde quisieron encargarle las obras por metros de fachada, a lo que se negó en postura quijotesca, sí, pero creo que muy digna.

Es de destacar que nuestro país, que analizamos desde esta parte de Europa, a la que ahora pertenece, entonces no estaba para lanzar cohetes por las Bellas Artes. Eran los días de la guerra en Marruecos, el escándalo subsiguiente de aquel evento, tapado con la primera Dictadura, el fracaso de la política que hizo entrar la Segunda República y el posterior golpe de Estado que llevó a la guerra civil y a la segunda Dictadura.

En ese entorno hay que situarse. Si nuestro escultor hubiese optado por el exilio como otros artistas, ahora sería venerado en París, Florencia, Roma, etc.; optó por quedarse en Madrid. La República le había otorgado la cátedra de Dibujo en el Instituto Lope de Vega (1934). La enfermedad que le acompañó toda la vida, una úlcera de estómago que le hacía medicarse continua y diariamente, le varió el rumbo de su destino. Entre los pocos documentos que dispongo, figuran dos o tres decisivos para comprender su situación en la guerra civil. Así, en los días que el Gobierno se dirige a Valencia, le destinan a Alicante y aparece una licencia por reconocimiento médico que le excusa de salir de Madrid. No dispongo de más explicaciones. Otro documento nos indica que se quedó de Delegado de Bellas Artes en Madrid, nombramiento de la República, que luego le iba a costar, aparte de la pérdida de ese cargo, el título de «desafecto al Régimen» con un expediente de Depuración, por el que pierde la cátedra y se le acusa de tener carnet sindical de CNT y ayuda económica al Socorro Rojo. Lo que para los que estudiamos ese período oculto de la Historia de España eran pecados gravísimos que te podían constar, como a tantos, incluso la vida.

Parece ser que la defensa, como Delegado de Bellas Artes, junto con el director en funciones, del Museo Cerralbo, caserón ubicado en la calle Ventura Rodríguez de Madrid, del expolio de las obras de arte y de incunables de su biblioteca, motivó que:

1) Se conservaran las obras y no fueran robadas, esquilmadas, saqueadas y/o quemadas, y hoy podamos contemplarlas, en ese maravilloso museo.

2) Que el enfrentamiento con milicianos que pretendían apoderarse del caserón (piénsese que la esquina de esa calle daba al entonces Cuartel de la Montaña y al frente de guerra en la Casa de Campo) pudo ser objeto de denuncia, y él contaba, en familia y de forma oral, que un ordenanza del Instituto donde ejercía la cátedra le había salvado de ser fusilado en última instancia, es decir, al descender del camión para ubicarse en el paredón. La anécdota contada hoy parece de risa, pero no creo que lo fuera entonces. Simplemente dijo algo así como «a éste pájaro le tenemos que interrogar, que tiene varias cosas pendientes» y se lo llevó. Así era la guerra civil. Perseguido por unos, por defender lo que era de esos «unos» y de otros por tener unos méritos cuando no se podían tener.

Parece ser que en las alegaciones del expediente de depuración, cuyo contenido no conozco con todo detalle, se citó la defensa del patrimonio artístico del expolio de guerra. Supongo que eso le valió una pena menor, como era la libertad vigilada, con la obligación de la presentación en centros oficiales y el riesgo de perderla en cualquier momento, por cualquier vanalidad.

Esta historia está llena de lagunas y es la que no aparece en el Espasa, donde también están mi abuelo y mi tío abuelo, ambos pastores de ovejas, que al igual que Miguel Hernández, su sapiencia artística afloró a la luz, y dieron, en segunda generación, toda su carga genética de arte escultórico lo que ellos comenzaron, en su hijo y sobrino, Antonio. Esta reseña en el Anexo de la «C» del diccionario enciclopédico Espasa, es otra de los pequeños minutos de gloria y reconocimiento de Cruz Collado, escultor, nacido en 1905 y fallecido en el término municipal de Pozuelo de Alarcón, en unas vacaciones de verano, el 9 de agosto de 1962. También su fallecimiento con 57 años, sin conseguir el título de Académico de Bellas Artes, esperado pero no ocurrido, le separó, injustamente de esa fama y reconocimiento que se le resiste.

Sus obras están principalmente en Madrid. Son monumentos reconocidos por muchos, pero cuyo nombre se ignora, como en casi todas las esculturas. En la calle Princesa, el portador de la antorcha olímpica que está en el remate del edificio de seguros El Ocaso, de más de cuatro metros de altura, en bronce. En la Gran Vía, las esculturas de la fachada del edificio donde se ubicaba el cine Pompeya, entre el Coliseum y el Gran Vía. En el Retiro, en el Jardín del Francés, enfrente del Casón, las figuras de madre e hijo que amparan el retrato del Dr. Pulido (de otro escultor). En el complejo de La Moncloa, dos figuras de tamaño natural, representativas de la Agricultura (antes eran los edificios del Instituto de Investigaciones Agronómicas). En la iglesia de S. Sebastián de la calle Atocha, la figura del altar mayor, un sansebastián en taparrabo, perseguido por la censura pacata de la propia iglesia, que colocó la figura de lado, para evitar «el sexo frontal», así como una Sagrada Familia de la capilla de los Arquitectos y los Evangelistas gigantescos de las pechinas del crucero.

También existe alguna figura en parques fuera de Madrid, como la que aún perdura (copia) en Gijón, en el parque de Isabel la Católica. En A Coruña, fachada del Banco Hispano Americano, dos figuras de infantes alrededor del escudo de la ciudad, con cierto protagonismo, porque decían en mi casa que uno de ellos era yo de niño. Digamos que las citadas son obras monumentales para edificios, plazas, parques. La obra que se ha difuminado en el tiempo o que está inédita en manos familiares es la propiamente vanguardista. En los tiempos del Premio Nacional, sus pequeñas esculturas, de inspiración modiglianesca o en consonancia con De Chirico, se pueden englobar perfectamente en las Vanguardias. Sus dibujos inéditos, de la década de los cincuenta, su malabarista (1960), expuesto en el Circulo de Bellas Artes en el momento de su creación, componen una obra desconocida, preciosa, de vanguardia, pero con una fuerza y una creatividad realmente agradable. No en vano él definía el Arte como «aquello que nos proporciona emoción».

Su profesión, llena de los altibajos propios de la posguerra como el pluriempleo docente mal pagado, en la Escuela de Cerámica, gracias a los Losada, en la Escuela de Artes y Oficios de la calle de la Palma; su reconocimiento artístico como restaurador (¡había tanto que restaurar, que aunque los santos, como a Benlliure, no eran de su devoción, se vio abocado a ganarse la vida con las restauraciones de iglesias quemadas por causa belli!), en Bellpuig, León, Miranda del Ebro, fueron lo espacios donde dejó su huella restauradora. Si bien conviene aclarar que, de una figura quemada o destruida en un 70 por ciento, la restauración era creatividad, porque el resultado final se «parecería» a la que antes había, pero el artista debe improvisar y crear allí donde fotos antiguas o indicaciones no llegan.

Tras veinte años aproximados de injusticia, pudo acceder, previa oposición, otra vez a una cátedra de la que fue injustamente separado. Ahora sí, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. El desgaste de su salud, así como el social, no mermaron su carácter, siempre de broma, siempre familiar, siempre contento, salvo en los momentos en que la úlcera apretaba. Padre ejemplar, hizo muchas veces de padre y madre a la vez, y en el centenario que ahora se abre, el 17 de marzo, creo que se le debe conocer por su obra y su valía, y alcanzar la publicidad que se merece, y que en 18 años que llevo con su currículo bajo del brazo, no he conseguido darle aún.

NOTA:

El palacio museo de Cerralbo pertenecía al Estado desde mucho tiempo atrás a la República, no era ya el palacio privado perteneciente a la aristocracia que un día fue.

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