Luarca, Alonso de

Exploradores en Luarca [Valdés - Asturias]

 

Descripción

Conocido también en las crónicas de la época por los apellidos López y Gómez de Luarca, es un aventurero de la primera mitad del siglo XVI que participó en la exploración y conquista de los señoríos mayas de Guatemala.

Este hidalgo de ejecutoria nace por el año 1500 en la villa de Luarca, aunque sus antepasados, incluidos sus padres, Juan de Santirso y Aldonza Álvarez, eran vecinos de Santirso, aldea situada en el concejo de Siero. Según dice el mismo Alonso de Luarca en su probanza, pasó a México por el año 1521 y estuvo con el capitán Pedro de Alvarado ayudando a conquistar el territorio de los Chontales, en Oaxaca.

Más al Sur, en un territorio conocido como Guatemala, se alzaban diversos e importantes reinos o señoríos mayas. Hernán Cortés encomienda la empresa de conquistarlos a su lugarteniente Pedro de Alvarado. Éste parte el 6 de diciembre de 1523 de la ciudad de México con 120 jinetes, 300 infantes, 4 piezas de artillería y una fuerza de choque formada por varios cientos de indios auxiliares: 200 tlaxcaltecas y cholultecas y 100 mexicas. Además llevó consigo cierto número de intérpretes y dos religiosos.

De los asturianos que tomaron parte en la conquista del «Imperio» azteca, participarían en esta nueva empresa Juan y Pablo de Luarca, Diego de Colio, Alonso Martín, Bernardino de Oviedo y, sobre todo, el capitán Alonso de Luarca, quien sobresalió sobre sus paisanos en la toma de los reinos de Guatemala.

De México los expedicionarios pasan a la provincia de Tehuantepec, pacificada el año anterior y en la que intervino Alonso de Luarca. Siguiendo hacia el sur por un viejo camino indio que corría por la llanura litoral, entraron sin ningún percance en la provincia de Soconusco. Durante varias jornadas caminaron por las primeras elevaciones de la Bocacosta sin ver a ninguna persona, hasta que se toparon con tres indígenas enviados por los señores del pueblo de Xetulut (conocido luego como Zapotitlán) para espiar los movimientos de los extranjeros. Al no querer someterse a los españoles, éstos tienen que tomar por las armas la población. Aquí permanecieron algunos días para reconocer la comarca y someter al resto de sus habitantes.

Ya en el altiplano guatemalteco conquistan tras ardua campaña las principales ciudades de Quiché, señorío situado a lo largo de la costa del Pacífico. Se alía luego Alvarado con los cakchiqueles, a quienes promete ayuda para luchar contra sus enemigos, los zutuhiles. Al territorio de estos indios envió dos cakchiqueles como mensajeros de paz, pero los zutuhiles, por toda respuesta, los asesinaron. Pedro de Alvarado organiza entonces una fuerza punitiva compuesta por 60 jinetes, 150 soldados de infantería y 200 indios auxiliares cakchiqueles.

Como en otras campañas de la conquista de Guatemala, se desconoce con detalle la participación de los asturianos en estas empresas. Por una información de méritos de Méndez de Sotomayor, en la que Alonso de Luarca fue uno de los testigos, conocemos que éste acompañó también en esta ocasión a Alvarado al reino de los zutuhiles, cuya capital se alzaba a orillas del lago Atitlán. Sus habitantes se fortificaron en un peñol de la laguna, cuyo único acceso era una calzada tan estrecha que no podía pasar por ella la caballería. Mientras los arcabuceros acometían el peñol por tierra con ayuda de un escuadrón de cakchiqueles, Alonso de Luarca y demás infantes, con otro grupo de cakchiqueles, se apoderaron de numerosas canoas y acosaron desde ellas a los defensores. Cercados de este modo, los zutuhiles en poco tiempo se vieron en la necesidad de abandonar su privilegiada posición huyendo a nado a una isleta cercana, donde fueron definitivamente vencidos. Al día siguiente, el 18 de abril de 1524, el ejército español entró en Atitlán, ciudad que había sido abandonada por todos sus moradores. Alvarado, como hiciera en anteriores ocasiones, envió una embajada a los principales señores de la comarca exhortándoles a que aceptasen la paz y volviesen a residir en sus pueblos, donde se les entregarían todos los prisioneros, lo que así hicieron aquéllos. A esta paz siguió un ir y venir de indios de los pueblos de la región a la laguna para dar obediencia a los españoles con presentes de oro y mantas. A orillas del lago Atitlán levantó Alvarado un fuerte en el que dejó una guarnición, regresando con el resto de sus hombres a Iximché, capital de sus aliados cakchiqueles.

A esta conquista siguió después la de Izcuintepeque, en el sureste de Guatemala, y luego la del territorio pipil —en el Salvador—. El 25 de julio de 1524 Pedro de Alvarado erigía en Iximché la ciudad española de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Entre sus fundadores se encontraba nuestro protagonista, además de otros asturianos.

En el sur de Guatemala, entre Chiapas y el señorío de los Quichés se situaba el territorio de los mayas pocomanes, enemigos de los quichés y cakchiqueles. Su capital, Mixco, se encontraba en una planicie, en lo alto de una gran peña tajada. La ciudad, que podía albergar más de 9.000 personas, era prácticamente inexpugnable. Como única entrada contaba con una senda estrecha y empinada que permitía únicamente el paso de un hombre a la vez. Bastaba un grupo de indios arrojando piedras, muy abundantes en el risco, para defenderse de todo un ejército.

Las noticias de que los de Mixco se estaban fortificando aun más y que su ejemplo lo seguían otras naciones indias para defenderse de los posibles ataques de los españoles, llegaron a oídos de Pedro de Alvarado, quien despachó hacia allí un cuerpo de ejército. Al frente de esta fuerza expedicionaria puso al capitán Alonso de Luarca.

Llegados al río de Mixco, el capitán asturiano comprende que la conquista del lugar iba a ser difícil. Un asedio prolongado tampoco solucionaría las cosas ya que los pocomanes habían almacenado abundantes víveres y armas en previsión de una larga guerra. Sin desanimarse, los españoles iniciaron el asalto a la peña siendo rechazados una y otra vez por los guerreros indios que les arrojaban numerosos pedruscos y lluvias de flechas, muchas de ellas envenenadas, lo que atemorizó aun más a los soldados por el miedo que sentían hacia este género de armas, ya que un simple rasguño producido por una de ellas bastaba para terminar con sus vidas en pocas horas y del modo más atroz.

En esta apurada situación, llegó Pedro de Alvarado con otros 30 españoles y 200 indios tlaxcaltecas. Por sí mismo contempló que el peñol era muy difícil de tomar por su inaccesibilidad. Aun así, con el parecer favorable de Alonso de Luarca, Luis de Vivar y otros oficiales de su estado mayor, resolvió continuar el asedio hasta tomar la fortaleza para que sirviera de ejemplo a los demás pueblos y no imitasen la conducta de los habitantes de Mixco. Por los chignautecos, otro pueblo vecino que había venido a socorrer a los sitiados y que fueron vencidos por los españoles, supieron que los de Mixco, en caso de apuro, pensaban huir por una gran cueva que conducía a las vegas del río. Para cortarles la retirada era preciso apostar un contingente de soldados en los bosques cercanos a la boca de la cueva.

El principal problema que se les presentaba a los españoles estribaba en la forma de subir hasta la planicie de los enemigos. No quedaba otra solución que ascender por la estrecha senda. Se ordenó para ello que un soldado fuese en primer lugar con un escudo para proteger a un ballestero que iría en segundo lugar; tras ellos caminaría un arcabucero con otro escudero para que le protegiese, y así sucesivamente.

En tanto que estos soldados ascendían con dificultad, pero sin interrupción, esquivando como podían las flechas y piedras que les arrojaban desde la cima, el capitán Alonso de Luarca parte con 40 hombres soldados y guías indios chignautecos hacia la vega de Chignauta, ocultándose en un bosque cercano a la cueva a la espera de que Alvarado y el resto de sus hombres hiciesen salir a los indios.

Poco después, los defensores de Mixco, incapaces de detener a los soldados españoles que ya empezaban a ocupar la planicie, empezaron a evacuar la ciudad. Para ganar tiempo, nuevos escuadrones de guerreros indios salieron a entretener a los soldados mientras los demás vecinos ganaban la cueva huyendo a través de ella.

Sin imaginarse lo que les esperaba del otro lado, hombres, mujeres y niños empezaron a salir a la vega del río, momento que aprovechó Alonso de Luarca para lanzar a sus hombres sobre los fugitivos. El capitán asturiano encontró tenaz resistencia, pero haciendo maniobrar a la caballería logró reducirlos y obtuvo un buen número de prisioneros. Otros, por el contrario, consiguieron salvarse escondiéndose en los bosques próximos, donde permanecieron a la expectativa. Entre los cautivos, Alonso de Luarca halló a varios de los principales jefes indios de Mixco.

La captura de sus caciques enfureció de nuevo a los indios, que salieron de sus escondrijos y se enfrentaron de nuevo a los españoles con más ardor y ferocidad que antes. Alonso de Luarca les recibió con una descarga de los pocos arcabuces de que disponía. A continuación lanzó contra los ahora aturdidos indígenas a los jinetes, que terminaron por vencerles. Dándose por derrotados, los indios intentaron entonces darse a la fuga, pero fueron la mayoría apresados por el asturiano.

Éste, sin tener que lamentar una sola baja, partió con todos sus prisioneros al pueblo de Chignauta donde se aprovisionó de víveres, llegando horas después al campamento español. Como Pedro de Alvarado no se encontraba en él sino en la planicie de Mixco, Luarca le envió un mensaje anunciándole su llegada y la captura de los fugitivos.

Con este recado, Alvarado se dispuso a descender de Mixco con el ejército y los indios capturados en este lugar. Antes de partir definitivamente de este sitio, ordenó incendiar la ciudad para que no sirviese más de cobijo a indio alguno. A 9 o 10 leguas del risco, en la llanura, mandó edificar otro pueblo, donde instaló a todos los prisioneros.

En ese año de 1525 tiene lugar también la sumisión del importante reino de los mames, situado en el extremo oeste de Guatemala. Los mames eran enemigos acérrimos de los quichés, y por medio de éstos supo Pedro de Alvarado de su existencia. La conquista del territorio de los mames fue encomendada a Gonzalo de Alvarado. En julio de ese año partió la expedición española. Entre los 80 españoles que tomarían parte en esta misión se halla también el capitán Alonso de Luarca, a quien Alvarado encomendó el mando de la caballería compuesta por 40 jinetes. El cuerpo de ejército se completaba con 2.000 indios mexicanos y guatemaltecos.

El viaje fue largo y accidentado. Al llegar a una llanura divisaron el pueblo de Mezatenango, defendido por un numeroso contingente de guerreros que se habían hecho fuertes en una fortaleza fabricada de gruesos troncos. Los indios recibieron con gran griterío, flechas, lanzas y piedras a los extranjeros. Los soldados se lanzaron al asalto de la trinchera sin conseguir tomarla. Entonces Alonso de Luarca embistió con la caballería y consiguió hacer una brecha en la empalizada, por donde se introdujo con los suyos. Los indígenas son entonces reducidos y su pueblo tomado.

Más adelante les salieron al encuentro cinco mil guerreros indios de Malacatán. Nada más comenzar la batalla, Luarca avanzó con la caballería y rompió la vanguardia de los arqueros indios. Los soldados y los indios mexicanos y guatemaltecos que venían detrás se encargaron de rematar la acción del aventurero asturiano. El segundo frente de los malacatanes lo formaba un contingente de guerreros portadores de largas lanzas, con las cuales mataron algunos caballos e hirieron a varios soldados. Animados por su cacique Ca-Ilocab, los indios peleaban bravamente y ya casi tenían ganada una elevación del terreno con clara intención de dejarse luego caer por la espalda del ejército español, cuando Alonso de Luarca se percató del hecho y tras advertir a grandes voces del peligro a Gonzalo de Alvarado, se lanzó a proteger aquel frente. Enseguida se trabó una sangrienta pelea que terminó cuando Gonzalo de Alvarado pudo matar de un lanzado a Ca-Ilocab. La muerte de su jefe propició una desbandada general de los guerreros indios. Alvarado, Luarca y demás soldados les persiguen hasta Malacatán, población en que solamente encontraron a viejos y enfermos, ya que los demás habían huido a los montes. Al día siguiente varios caciques de la comarca vinieron a visitar a los españoles, dándoles sumisión.

Parte luego Alonso de Luarca con Gonzalo de Alvarado hacia el territorio de los mames. Al llegar a las proximidades de su capital, Huehuetenango, los expedicionarios recelaron de la gran quietud que reinaba en el lugar. Por orden de Alvarado, Alonso de Luarca se adelanta a inspeccionar la ciudad, que encuentra desierta, sin provisiones y con muchas de sus casas destruidas por los propios indios. Caibil-Balam, reyezuelo del lugar, se había retirado con la mayoría de sus fuerzas a la cercana fortaleza de Zaculeu.

Fuera del recinto amurallado estaba apostado un ejército de seis mil indios dispuestos a impedir el paso a los extranjeros. Alvarado envía contra ellos a la infantería, que pronto se encontró en grave aprieto por la lluvia de saetas, piedras y lanzas que les arrojaban los indios. Avanza entonces Alonso de Luarca con la caballería por el ala izquierda del ejército indio y «lo rompió por muchas parte atropellándoles al choque con espantosa furia; haciendo cada jinete muy ancho campo por donde acometía, y todos juntos estrago lamentable con las lanzas» (Fuentes y Guzmán). Alvarado, con la infantería y los indios amigos, termina por desbaratar por completo a los mames, que dejando a más de trescientos de los suyos muertos en el campo de batalla se tienen que replegar a la fortaleza.

Los españoles inician el asedio del recinto, cortando todos sus suministros. Varias semanas después, Caibil-Balam, carente de víveres —los sitiados habían llegado a comer los cadáveres de sus compañeros muertos—, solicitó la paz y se entregó con los suyos a Gonzalo de Alvarado, quien los trató con gran miramiento. Concluida esta campaña, los vencedores regresaron a Guatemala.

Confiesa Alonso de Luarca en su probanza que en los años siguientes participa en la sofocación de los cakchiqueles, que se habían rebelado por los abusivos tributos impuestos por Pedro de Alvarado. En una de estas acciones punitivas, el luarqués resultó herido en cuatro o cinco sitios de su cuerpo mientras realizaba con otros españoles al asalto de Xalpatagua, fortaleza edificada en un inaccesible peñol protegido por fosos y barrancos. Al final, luego de tres días de sangrientos combates, se logró tomar el lugar a costa de la pérdida de numerosas vidas de indios y españoles.

En el año 1527 el capitán Alonso de Luarca, al mando de una compañía de soldados e indios auxiliares, acompaña a Pedro de Portocarrero —lugarteniente de Pedro de Alvarado, ausente en España— a sofocar el levantamiento de los cakchiqueles del valle de Sacatepequez. Después de fuertes enfrentamientos se logró pacificar la zona. Estuvo también presente el capitán luarqués en el traslado de la ciudad de Santiago al valle de Almolonga (noviembre de 1527). En mayo de 1530 la sublevación de los cakchiqueles se da por terminada al rendirse los que aún andaban por los montes.

Conquistada y pacificada Guatemala y El Salvador, Alonso de Luarca se instala como vecino en Santiago de Guatemala y contrae matrimonio con doña Ana de Argueta, teniendo diez hijos. Por su inestimable contribución a la conquista de estos territorios, la Corona concedió al capitán asturiano un escudo de armas y le dio las encomiendas de Quezalcoatitán e Yçapa con 20 y 160 indios, respectivamente. Alonso de Luarca desempeñó en Santiago de Guatemala (la ciudad sería definitivamente trasladada en 1542 al valle de Panechoy) los cargos de regidor y alcalde de la Hermandad.

Fue Alonso de Luarca uno de los más destacados y prestigiosos conquistadores de Guatemala, como lo atestigua una relación que el cabildo de Santiago envió al Rey antes de 1548 con la lista de los más aventajados españoles que tomaron parte en esta empresa. Fue asimismo uno de los últimos supervivientes de los conquistadores de Guatemala. En 1570 seguía aún con vida, falleciendo de avanzada edad.

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