Díaz de Pineda, Gonzalo

Exploradores en Lludeña [Piloña - Asturias]

 

Descripción

JOSÉ RAMÓN MARTÍNEZ RIVAS

ROGELIO GARCÍA CARBAJOSA

SECUNDINO ESTRADA LUIS*

Explorador y conquistador asturiano de la primera mitad del siglo XVI, nacido en el «coto de Ludeña» (concejo de Piloña).

Hijo de una familia de hijosdalgos embarcó en 1531 hacia América, participando junto a Francisco Pizarro en la captura del inca Atahualpa (16 de noviembre de 1532), de cuyo rescate recibirá 45 kg de oro y otros muchos más de plata.

Meses después partió con Sebastián de Belalcázar a San Miguel de Piura y, de aquí, emprenderían en febrero del año siguiente la exploración y conquista del Reino de Quito. Nombrado por Almagro escribano público, Díaz de Pineda se encargará de redactar las actas fundacionales de Santiago de Quito (Riobamba) y San Francisco de Quito (28 de agosto de 1534). En esta última villa fijará su residencia, convirtiéndose en uno de los más principales y prestigiosos vecinos. En 1535 se le otorgarían diversos lotes de tierra en los términos de Pomasqui y Combaya.

Según refiere el padre Juan de Velasco en su Historia del reino de Quito, a principios de 1536 el oficial asturiano, al frente de un contingente de soldados y varias familias capitaneó una expedición con propósito de explorar y colonizar las provincias de Huamboyas y Macas, ricas en metales preciosos. Pese a lo selvático de aquella región, logró fundar dos poblaciones que no perduraron por lo malsano de la zona.

Lo más interesante de esta expedición dirigida por Pineda fue descubrir, en la cabecera del río Bobonaza (afluente del Pastaza), algunos árboles de la canela, la especie tan buscada y cotizada por los europeos del Renacimiento. Del interrogatorio de los indios del lugar supo el capitán asturiano que más al este abundaban los bosques de esta especie y que existían países muy ricos en oro y otros metales preciosos. Desde entonces Díaz de Pineda tomaría la firme resolución de explorar esos lugares.

Elegido alcalde de Quito para el año 1537, Díaz de Pineda se enfrentó a Sebastián de Belalcázar, a la sazón Teniente Gobernador de la provincia, por cuestiones de poder. Éste le mandó entonces prender y encarcelar (30 de agosto de 1537) sin explicar de qué se le acusaba. Presionado por el Cabildo, Belalcázar no tuvo más remedio que dejarle en libertad meses después, eso sí, privándolo de su empleo de alcalde.

Injustamente tratado, el capitán asturiano viajó a Lima informando a Francisco Pizarro de los sucesos de Quito. Estas y otras razones determinaron que Pizarro le destituyese, nombrando a Díaz de Pineda teniente gobernador y capitán general del antiguo reino de Quito (12 de enero de 1538).

Como máxima autoridad de esta provincia, Pineda organizó en septiembre de 1538 una expedición para conquistar y colonizar la selvática región de los Yumbos y Esmeraldas —al noroeste de Quito—. El penoso viaje por las sierras andinas, las innumerables dificultades que encontró al atravesar la jungla, el enfermizo clima y la pertinaz resistencia de los aborígenes a ser sometidos fueron los motivos de su decisión de retirarse, con los hombres maltrechos. Esta expedición, en la que perdió la mitad de su hacienda, y que duró dos meses, no tuvo más consecuencias que señalar el camino más corto desde Quito a la costa de Esmeraldas.

Sin pausa, organizó entonces la que iba a ser su mayor empresa: el descubrimiento del país de la Canela, que al decir de los indios se hallaba en la cuenca alta del río Amazonas. El 8 de diciembre de 1538, Gonzalo Díaz de Pineda dejaba la ciudad de Quito al frente de un cuerpo expedicionario de ciento treinta españoles y un buen número de porteadores indios. Tomando rumbo este, cruzan la cordillera andina por el puerto de Guamani, desciende luego hacia los páramos de Papallacta. Desde aquí siguen con grandes penalidades el curso del río Mapás, entrando poco después en el territorio de los indios quijos. Éstos, que ya conocían a los blancos, sus tácticas de guerra, así como a los caballos y armas de fuego, por haberlos visto, algunos de ellos, en Quito, eligieron para sorprender a los extranjeros un lugar abrupto para inutilizar su caballería.

Fuertemente armados, los indios atacan por sorpresa a los expedicionarios, pero Pineda, peleando a pie por lo escabroso del terreno, reorganiza a sus hombres y tras duro combate rechazan al enemigo, apoderándose de varios poblados indios.

El capitán asturiano narra así esta batalla: «Prosiguiendo la jornada del descubrimiento de la Canela, a quince leguas de esta villa, entrando por las montañas, junto a la provincia de Hatun Quijos, hallamos ciertas albarradas y fuerzas de indios que estaban puestos en sus albarradas y sitios, saliendo por muchas partes muchos escuadrones a atajarnos la rezaga y el medio y a defendernos la entrada, y se trabó una recia batalla, en la cual, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, los dichos indios fueron desbaratados... Yo, el dicho capitán Gonzalo Díaz, aquel día peleé animosamente e hice aquello que como tal capitán era obligado, animando a los que peleaban, como atendiendo a la parte que más necesidad tenía, a pie, con un arcabuz porque a caballo no se podía pelear, por ser el camino y la tierra muy agria...».

Hostigados continuamente por la indiada, Pineda llega después al valle de Cosanga, donde instala el campamento. Aquí deja la mitad de su ejército y todos los caballos; se internó luego a pie por la selva en demanda de la provincia de la Canela. La marcha fue durísima. En este recorrido descubrió las provincias de Cubi y Guarozta y un gran volcán, el Zumaco (3.871 m de altitud), alrededor del cual vivían más de quince mil indígenas. Por ellos el explorador asturiano supo que más adelante existían grandes poblaciones de indios que poseían muchos objetos de oro, especialmente un poderoso cacique llamado Hatunique que gobernaba grandes provincias, ricas en metales preciosos.

Gonzalo Díaz de Pineda, carente de víveres y ropa adecuada para caminar por la selva, decide regresar a Quito con el firme propósito de volver para conquistar esos países. Cuando ya tenía acantonado a un nuevo ejército en Tuza —al sur de la actual Colombia—, le llegó de San Francisco de Quito un comunicado que hablaba de violentos disturbios en esta villa entre partidarios de Francisco Pizarro y Sebastián de Belalcázar, lo que le obligó a regresar de inmediato a Quito, donde llegó a finales de julio con la firme resolución de castigar con dureza a los más culpables del alboroto. Estando en este quehacer, vinieron nuevas de que Francisco Pizarro había dado la empresa de la Canela a otro capitán. La mala suerte del asturiano se sucede. Meses después, el 9 de noviembre de 1539, es relevado de su cargo de gobernador por Lorenzo de Aldana, con quien semanas antes había refundado la villa de Pasto (Colombia).

Cuando el nuevo gobernador de Quito, Gonzalo Pizarro, emprendió en febrero de 1541 la búsqueda de la Canela y Eldorado, Gonzalo Díaz de Pineda, que había sido elegido por tercera vez alcalde de Quito, le acompañó en esta expedición como capitán y guía.

Con grandes dificultades y bajo una gran nevada y ventisca, cruzan los Andes, no sin que muchos porteadores indios muriesen helados. Ya en la selva, los nativos no dejan de atacarles. Las penalidades aumentan. Sin víveres, Pizarro ordena a Francisco de Orellana que en el barco que habían construido a orillas del Coca vaya a buscarlos río abajo. Orellana no regresa. Los soldados no comen ya otra cosa que hierbas y frutas bravas. Todos están desesperados. Si en breve tiempo no hallan alimentos, fallecerán sin remedio. Por orden de Pizarro, Pineda partió con varios hombres en algunas canoas Coca abajo. En la confluencia con el Napo ve señales del paso de Orellana. El asturiano remonta y explora entonces este último río, siendo el primer europeo que lo hacía. Cuando ya había subido 55 km, descubrió un gran sembrío de yuca que salvó a todo el ejército. Ningún nativo había por los alrededores. Más tarde sabría que este yucatal había sido sembrado por indígenas comarcales, que lo abandonaron años atrás a causa de las guerras que tuvieron con otra tribu enemiga.

Eufóricos por el hallazgo, Díaz de Pineda y sus hombres se arrodillaron en tierra y dieron gracias a Dios por tan gran merced. Comenzaron luego a arrancar las raíces de la mandioca y a cargarla en dos canoas que llevaban, emprendiendo enseguida el retorno. Veintisiete días después de su partida, llegaron con los socorros al campamento del Coca. La alegría de los hombres que los esperaban fue indescriptible, ya que durante ese tiempo el hambre hizo grandes estragos entre ellos, cayendo la mayoría enfermos.

Tras permanecer ocho días reponiéndose con la comida del yucatal, los españoles reemprenden el camino. Cuarenta leguas más arriba divisaron una aldea india, donde se aprovisionaron de víveres. Más adelante, después de andar ocho días sin ver un ser viviente, descubren nuevas poblaciones. Los habitantes de estos lugares les hicieron saber que más adelante no existía ningún otro pueblo, ni comida, ni caminos practicables. La tristeza ensombreció los rostros de los españoles, tomando conciencia de que estaban perdidos en la inmensidad de la jungla. Nadie sabía qué rumbo tomar para salir de ella y llegar a San Francisco de Quito. En tan angustiosa y desesperada situación, destacados oficiales aconsejaron a Gonzalo Pizarro que la única solución era enviar por delante al capitán Díaz de Pineda para que intentase localizar alguna aldea o sementeras donde proveerse de víveres.

Con la esperanza puesta en él, el explorador asturiano, con la única compañía del montañés Pedro de Bustamante, partió en dos canoas fuertemente atadas. Durante días Pineda bogó Napo arriba inspeccionando ambas orillas. Cuando ya llevaba once días de viaje y recorrido cincuenta y seis leguas, descubrió una fuerte corriente que obstaculizaba su avance. Como ya empezaba a anochecer, saltó a tierra y en un tronco caído se sentó con su compañero pensando que ellos y la tropa que venía siguiéndoles morirían sin remedio de hambre, ya que a lo largo de este recorrido no había visto ningún vestigio de vida humana y menos de comida. «Y estando pensando en ello, levantóse don Pedro de Bustamante, que iba con Gonzalo Díaz, y vio, por un torno o vuelta que hacía el río cerca de allí, acercar una canoa, y, después de un poquito, aparecieron otras catorce o quince, y en cada una venían ocho o nueve indios con sus armas y paveses; y luego que esto vieron, el capitán Gonzalo Díaz sacó con su eslabón candela, y con ella encendió la mecha del arcabuz, y Bustamante tomó la ballesta, poniendo en ella una jara, y se pusieron a punto para que ver los indios qué harían, los cuales venían en sus canoas descuidados de que hubiesen de topar con los cristianos. Y, como con ellos emparejaron, Gonzalo Díaz apuntó con el arcabuz y dio a un indio con los pechos y luego le derribó en el río, muerto; Bustamante, con la ballesta, arrojó una saeta y dio a otro con el brazo, el cual, con mucha presteza, la sacó y la tornó a arrojar a quien se la había tirado y, dando muy grandísima grita, les arrojaron muchos dardos y tiraderas, y de presto tornaron a cargar el arcabuz y armar la ballesta, y mataron otros dos indios, y tomaron sus espadas y rodelas, y movieron tras ellos con su canoa.

»Los indios, espantados al ver que cuatro de ellos habían muerto, y temerosos, comenzaron a huir con sus canoas el río abajo. Los españoles les fueron siguiendo y tirándoles con el arcabuz, y tanto les fatigaron que desampararon las canoas y se echaron al río, y tomaron algunas de ellas, en las cuales hallaron comida de la que los indios usan, y por ello dieron muchas gracias a Nuestro Señor, porque ya había muchos días que no comían otra cosa que hierbas y raíces que hallaban por la ribera del río. Habían salido aquellos indios en las canoas, de un río que está apartado de este río, y, estando pescando dos de ellos con dos canoas, vieron a los cristianos, y fueron a dar mandado al pueblo, y salieron por un estero a dar en el río, creyendo que los mataran o prendieran, y sucedióles como habéis oído» (Pedro Cieza de León, Guerras civiles del Perú).

Luego de haber saciado el apetito y hechas algunas cruces, con las espadas, en los árboles, para que los compañeros que venían detrás supiesen que habían estado allí, Díaz de Pineda prosiguió, de inmediato y en plena noche, el viaje a pie, en un intento de descubrir cuanto antes el poblado de donde había salido la partida de indios que refiere el cronista Pedro Cieza de León. Al amanecer del siguiente día, su rostro se inundó de alegría al contemplar hacia el mediodía una gran sierra que pensó que se trataba de la cordillera cercana a Quito o la que estaba junto a las ciudades de Popayán o Cali. Entonces, creyó preciso retornar cuanto antes a donde estaba Pizarro para darle cuenta de sus descubrimientos y llevar las canoas capturadas con las provisiones. En una playa del río, cubierta de piedras, única que habrían de ver a lo largo del viaje, ocultó alguna de las citadas canoas con alimentos, y con las demás emprendió un descenso tan vertiginoso por el río Napo que recorrió en día y medio gran parte de lo andado en once días de subida. El alborozo del reencuentro con la gente de Pizarro resultó más que emocionante.

Al final, en la mañana del 24 de junio de 1542, los restos de la expedición de Gonzalo Pizarro entraron en San Francisco de Quito, a pie, con sólo una espada y un bastón en la mano de cada uno de ellos. Los vecinos de Quito quedaron sobrecogidos al verles llegar, pues les creían muertos. No era para menos; Gonzalo Díaz de Pineda y sus compañeros venían tan demacrados que apenas eran reconocibles. De las ricas y vistosas armaduras con que salieron de Quito hacía más de año y medio no les quedaba nada. Sus desnudeces las cubrían malamente con pieles de venados y otros animales cazados en la selva durante el viaje. De los más de cuatro mil personas que habían partido, sólo un centenar consiguió regresar a Quito, el resto —salvo el medio centenar que fue con Orellana— falleció a consecuencia de las penalidades de la larga y agotadora expedición. Resultó ser ésta una de las exploraciones más duras y difíciles llevadas a efecto por los españoles en América.

En tanto que Gonzalo Pizarro se trasladaba a Cuzco para intentar recuperar la gobernación del Perú que por testamento de su hermano, recientemente asesinado, le correspondía, Díaz de Pineda se quedó en Quito, descansando y ocupándose de su hacienda. Por esta época contrajo segunda nupcias con Beatriz Díaz de Pineda y el Rey le concedió un escudo de armas. Más tarde, a finales de 1542, resultó elegido por cuarta vez alcalde de esta ciudad para el ejercicio de 1543. Durante ese año, el capitán asturiano estuvo ocupado en conquistar y pacificar a los indómitos nativos de Paltas, Carrachamba y de Chaparra, territorios situados entre las cabeceras de los ríos Túmbez y Santiago, en la región donde actualmente se alza la ciudad ecuatoriana de Loja.

Al saberse la publicación de las Leyes Nuevas por las cuales la Corona otorgaba la libertad a los indios y suprimía las encomiendas de los colonos españoles, el Cabildo de Quito nombró en 1544 a Díaz de Pineda procurador de la ciudad con el fin de que fuera a Lima a presentar las oportunas reclamaciones contra estas leyes a la Audiencia y al recién nombrado virrey del Perú, Blasco Núñez Vela. Al principio Pineda apoyó al virrey Blasco Núñez Vela reclutando hombres para enfrentarse a Gonzalo Pizarro y demás colonos que se oponían a la implantación en el Perú de las Leyes Nuevas; pero después el capitán asturiano se pasó a las filas de los sublevados. Gonzalo Pizarro le nombra entonces Teniente Gobernador de Quito y le encarga la misión de capturar al Virrey.

Con una patrulla de veinte hombres partió el militar asturiano de Lima con la intención de reunir por el camino los soldados imprescindibles para cercar y apresar a Blasco Núñez Vela en Túmbez. Pero los planes no salieron a su gusto. Las lluvias invernales convirtieron los caminos en lodazales, lo que retrasó su marcha. Cuando llegó a Túmbez, el Virrey ya había pasado a San Francisco de Quito, donde consiguió formar un ejército de españoles e indios. Va luego el asturiano a Trujillo y a San Miguel de Piura, siendo espléndidamente recibido. Cuenta ahora con ochenta jinetes y arcabuceros, número insuficiente para enfrentarse al Virrey, quien ya venía desde Quito a su encuentro.

Posteriormente, Díaz de Pineda se dedicó a recorrer la región, intentando que la gente se le uniese. Más tarde acampó en Chinchichara, lugar ubicado en la montaña, a nueve leguas de San Miguel de Piura, con la intención de esperar aquí al enemigo y hacerle frente.

Pero Blasco Núñez Vela consigue capturar a varios hombres del asturiano y por ellos supo dónde se encontraba acampado. Sin perder tiempo, en plena noche, aquél sale con su ejército hacia el lugar en el que se encontraba el asturiano. Cerca del alba divisaron, en lo alto de un cerro que dominaba el camino, el campamento de Díaz de Pineda. Sigilosamente se acercaron a las tiendas sin que nadie se diese cuenta. Entonces los atacantes se abalanzaron sobre los aún dormidos partidarios de Gonzalo Díaz de Pineda disparando sus arcabuces. La sorpresa fue total y el desconcierto tan mayúsculo que la mayoría no tuvo tiempo de coger sus armas, rindiéndose sin ofrecer resistencia. Aprovechando el desconcierto general, Díaz de Pineda escapó en un caballo y se vio obligado a ocultarse en unos montes donde, para aplacar el hambre, comió ciertas raíces venenosas que le causaron la muerte —según otras versiones, le mató una partida de indios— a finales de abril o primeros de mayo de 1545.

(*) Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599. Oviedo, 1992.

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