Arango, Manuel

Empresarios en Monteagudo [Salas - Asturias]

 

Descripción

  • Autor: D. Juan Menéndez Arango, sobrino de D. Manuel Arango*.
  • Texto: Discurso leído el 28 de abril de 2010 en la Colegiata Santa María la Mayor de Salas**.

Sr. Alcalde de Salas, Sr. Director del Instituto, Excmo. Sr. D. Juan Velarde, Sr. Catedrático D. Joaquín Lorences, Claustro del Instituto, alumnos del centro, salenses asistentes todos. Buenos días.

Nos reúne aquí la celebración del 40 aniversario de este Instituto de Educación Secundaria Valdés Salas. El Director, D. Ángel de la Fuente, ha tenido la deferencia, que agradezco, de permitirme decir unas palabras de homenaje y recuerdo a Manuel Arango, impulsor de la idea de creación de este Instituto en este acto*** en el que se le da su nombre a un aula del centro. Pocas veces he agradecido algo tanto como poder hablar en este acto. Por una parte, por poder participar activamente en este hito del acontecimiento cultural y educativo que supuso para Salas la creación del Instituto y por otro, la satisfacción de poder decir algo elogioso públicamente sobre Don Manuel Arango, mi tío Manolo, que fue, para mí, dada mi orfandad prematura, en muchos aspectos, como un padre y a quien tanto debo. Su bondad y generosidad familiar no sólo la ejerció sobre mí, sino sobre sus padres, hermanos y demás sobrinos.

Manolo, como tantos salenses de las dos primeras décadas del siglo, emprendió el camino de la emigración a América, que era el que le podía ofrecer un mejor horizonte de prosperidad.

Saben Vds. de la fuerte presión demográfica que entonces había en este concejo, hoy tan deprimido poblacionalmente. Las casas se regían por la norma del mayorazgo, por lo cual los segundones tenían menores probabilidades de prosperar en el entonces duro oficio de la agricultura y la ganadería, actividades antes básicas, y que comenzaban su decadencia en la medida que ascendían las del comercio y la industria. La emigración ofrecía mejores perspectivas de prosperidad. Las alternativas a la vida campesina eran, la Iglesia, el Ejército, el Comercio. En cualquier caso, la emigración. Mi tío fue enviado a estudiar previamente a su marcha a América a la Academia Ojanguren de Oviedo, por donde tantas personas notables y conocidas pasaron aquellos años. Estos días he leído en la prensa que sus ex alumnos siguen reuniéndose anualmente en Oviedo y, en general, formaron el espinazo del comercio ovetense. Tras una formación en Cultura General, y con conocimientos de Aritmética, Cálculo comercial, y lo que entonces se llamaba Teneduría de libros (conocimientos financieros y contables), además del idioma inglés, cuyo estudio era entonces muy minoritario, se embarcó hacia México, donde ya se encontraba su hermano mayor, Jerónimo, que llegó a ser un hombre muy notable de aquella república, siempre en los ámbitos del comercio primero, de la industria después y finalmente de las finanzas. A pesar de ser el mayorazgo de la familia, y de tener ésta un relativo acomodo, su ambición le había llevado a traspasar el primero el océano. Sus hijos se han convertido en personas muy comprometidas allí con el desarrollo económico y social, incluso con el asturiano. Hoy también le hubiera gustado estar aquí, en el homenaje a su tío Manolo, a Plácido Arango, pero una reunión del Patronato del Museo del Prado que preside se lo impidió.

Fueron impulsados ambos Jerónimo y Manuel, así como el tercer hermano varón, Francisco, Tío Paco, a la emigración por mi tío abuelo, D. Joaquín Díaz Ravera, Canónigo de la Catedral de Oviedo, que les apadrinó en sus estudios ovetenses.

Recuerdo haber oído contar a mi tío Manolo que el que ellos llamaban Tío Canónigo, alguna vez les ponía a sacar piedras abundantes del «llerón» que era la tierra de la familia llamada Las Varas al pie de la carretera y cuando, cansados del esfuerzo desfallecían, les decía: «Esto es lo que haréis toda la vida si no estudiáis y lucháis por labraros un mejor porvenir».

Estudiaron, lucharon, perseveraron y triunfaron.

Para mi tío, su norma era que el esfuerzo es necesario para todo y además, se debe de tratar de hacer las cosas con responsabilidad, de la mejor manera posible siempre. La búsqueda de la excelencia, como se dice ahora. La austeridad y unas gotas de suerte, siempre necesaria, también le acompañaron.

Además cultivó otros valores, como la sencillez, la sobriedad, el respeto a todas las personas, la prudencia, la discreción, la generosidad, el compromiso con su palabra dada, la fidelidad a sus amigos, el amor a su tierra. Vivió modestamente y está en el recuerdo de los suyos para siempre.

Le recuerdo leyendo alguna vez las obras de Séneca que le habían regalado algunos de sus sobrinos. Ese estoicismo del ilustre filósofo cordobés cuadraba perfectamente con él.

Como no tuvo hijos, el diablo le dio sobrinos, a los que siempre inculcó estos valores, gracias a los cuales no llegamos a diablos nunca.

Después de haber trabajado con dedicación en el comercio local de Tampico, logró una fortuna personal que consideró suficiente y decidió regresar. Tampico, ciudad situada en la costa del Golfo de México, era entonces un lugar muy próspero por la explotación de importantes pozos petrolíferos, por compañías norteamericanas. Fue una edad dorada.

Su fuerte concepción de la familia, su gran sentido familiar, fue una de las razones que le llevaron a regresar después de la guerra civil desde México a España, a Villazón, donde vivió rodeado de los suyos, velando por ellos y entregándose a otras actividades económicas y también filantrópicas, que respetando su discreción y pudor, no voy a enumerar.

Solamente, citaré una, la que hoy nos convoca aquí, su impulso a la creación de este Instituto de Enseñanza Media, como se decía antes o Secundaria, como se dice ahora.

Su idea básica la resumiré así: sin educación no hay progreso.

Él pensaba que la gente de los pueblos como el suyo, difícilmente podría prosperar sin poder acudir más que a la educación primaria que entonces por aquí se brindaba. Pocos, muy pocos, podían aspirar a estudiar fuera. Para los que lo hacían suponía un gran esfuerzo económico, pues el medio rural siempre estaba escaso de recursos, y además suponía un alejamiento de su medio familiar y de la estabilidad personal que éste puede dar. Él era un gran defensor no sólo de la cultura sino también de la familia, por lo que creía necesario acercar la educación a los pueblos. Entonces había muy pocos institutos fuera de los grandes centros urbanos de la región. Aunque en Salas había algún centro de calidad, como la Academia, de donde salió mucha gente notable, era insuficiente. Trató de propulsar la creación de este Instituto poniendo su empeño en ello. Puso también medios económicos importantes y emprendió gestiones múltiples, logrando el apoyo de las autoridades de aquel entonces, especialmente de D. José López Muñiz, Presidente de la Diputación, así como la de notables instalados en Madrid como Don Juan Velarde, aquí presente, una de nuestras personalidades salenses, a quien oísteis hablar antes.

Con ese apoyo social, el propósito se consiguió. Lucharon y triunfaron.

El Instituto se instaló en Salas. Posteriormente, con el esfuerzo de sus profesores, se ha logrado un centro de gran calidad, que recientemente ha sido galardonado por el Ministerio de Educación con el III Premio Marta Mata a la calidad de los centros educativos de España

Tuvo también sus discrepancias con las autoridades educativas. Fue una divergencia de concepciones que merece la peña reseñar.

Él deseaba que aquí se instalara un Instituto de Formación Profesional. Las autoridades educativas deseaban y lograron un Instituto de Enseñanza Media.

Ahora es un Instituto con las dos enseñanzas. Con un módulo ejemplar de formación profesional dedicado a la madera.

Entonces ambas cosas no eran posibles. Pero él apostaba por la formación profesional, porque tenía una idea central: no se trataba sólo de que los salenses prosperasen, sino que debía prosperar Salas como territorio. Y lo mejor era que no se fueran todos de aquí, que fueran mejores profesionales aquí, que prosperasen aquí.

Solía decir: «Yo no quiero que se formen sólo abogados o así que van a ir a trabajar a Oviedo o a Madrid. Yo lo que quiero es que haya buenos mecánicos, conductores, gente con buenos conocimientos agronómicos, que se queden aquí, en sus casas y hagan prosperar el campo asturiano». Quería fijar la población al territorio, pero con formación técnica y cultural elevada.

La revolución de las comunicaciones, la gran prosperidad que entonces empezaba a surgir en España, el incremento de los medios educativos, ha hecho que esa polémica haya perdido actualidad. Pero no quiero dejar de citarla, porque su empeño era básicamente el de los mejores ilustrados asturianos.

Pero la pérdida de población del medio rural parece imparable. Al parecer, pone en peligro esfuerzos ya logrados como la propia existencia de este Instituto. Esperemos que no peligre su continuidad y que sigan saliendo de Salas personas educadas y esforzadas, que tengan un espíritu emprendedor y que bien aquí o por el mundo logren la fortuna. Si ha sido por el mundo, que vuelvan aquí alguna vez, que aporten algo de prosperidad a estas tierras y miren para atrás, hacia sus orígenes. Por eso es importante también luchar por un Salas, limpio, bello, cuidado, que haga atractivo vivir aquí, en una sociedad próspera, libre, industriosa y agradable.

Éste es un esfuerzo realmente patriótico en el que podemos y debemos coincidir todos.

Para terminar, sólo me queda manifestar mi profundo agradecimiento y el de mi familia por el reconocimiento que se hace a Manuel Arango en el Instituto que ayudó a crear dando su nombre a un aula. Muchas gracias, Señor Director, amigo Ángel, gracias a ti y al Claustro de profesores que acordaron esta distinción. Así como a las autoridades y a los asistentes que representan aquí al pueblo de Salas. De bien nacidos es ser agradecidos. Ustedes lo han sido y ahora quiero serlo yo.

Muchas gracias.

Notas

(*) Este ilustre salense nació en 1990 o 1901 y falleció en 1987.

(**) Este discurso tuvo lugar en el acto con el que el Instituto de Enseñanza Secundaria «Arzobispo Valdés-Salas» homenajeó, con motivo de su 40 aniversario, a dos distinguidos hijos de Salas, el economista Juan Velarde Fuertes y el empresario Manuel Arango, éste a título póstumo. De este modo, el centro quería reconocer «sus desvelos para conseguir que Salas tuviese un centro educativo de enseñanzas medias». En el transcurso del mismo, que en parte se desarrolló en la Colegiata de Salas, se descubrieron las placas en las aulas del centro educativo que desde de entonces llevan su nombre (la Sala de Usos Múltiples, dedicada a Velarde, y el Aula de Madera-Mueble, a Arango), así como una tercera con la máxima de nuestro biografiado: «Sin educación no hay progreso».

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