Alonso Fernández, Juan

Religiosos en Cuergo [Aller - Asturias]

 

Descripción

El sacerdote asturiano Juan Alonso Fernández, de la Orden de los Misioneros del Sagrado Corazón, nació en Cuérigo (pueblo del concejo o municipio de Aller) en 1933 y fue asesinado en Guatemala el 15 de febrero de 1981.

Estudió con los Misioneros del Sagrado Corazón en Valladolid y pasó su año de noviciado en Canet del Mar (Barcelona). Hizo los votos el 8 de septiembre de 1953 y fue ordenado sacerdote en Logroño el 11 de junio de 1960, año en que, atendiendo a su fuerte vocación misionera, ya fue destinado al departamento del Quiché, en el norte de Guatemala, una de las zonas más pobres y abandonadas del país centroamericano en la época en que llegaron los misioneros del Sagrado Corazón de Jesús. Juan Alonso desarrolló toda su vida misionera en Guatemala, con la salvedad de un pequeño paréntesis en Indonesia, donde se ofreció a ir ante los problemas de los misioneros holandeses allí desplazados con las autoridades del país después de su independencia.

El pueblo de Guatemala arrastra una larga historia de dolor, lucha y resistencia por su dignidad, desde la época de conquista hasta nuestros días. Es un pueblo que se ha negado a callar y a morir. No se puede entender la historia del presente sin conocer la historia pasada.

Siempre Guatemala vivió una situación de violencia, fruto de la sociedad desigual que se estaba construyendo, salvando situaciones muy puntuales como la de Jacobo Arbenz (1944-54).

Desde 1957 surgen grupos guerrilleros, que intentan cambiar por la violencia armada la situación. Son grupos como las FAR (Fuerzas Armadas Rebeldes), EGP (Ejercito Guerrillero de los Pobres), ORPA (Organización del Pueblo en Armas), sentando sus bases entre amplios sectores de la población, especialmente entre los campesinos e indígenas.

La violencia tuvo su clímax durante los periodos presidenciales de Romeo Lucas y Efraín Ríos Montt en los años 80, alcanzando niveles inimaginables: asesinatos selectivos y masacres de campesinos, sindicalistas, estudiantes y grupos de Iglesia (sacerdotes, catequistas y dirigentes de las comunidades).

En este tiempo se crearon las Patrullas de Autodefensa Civil. Alrededor de un millón de campesinos fueron obligados a organizarse en las PAC a las órdenes del Ejercito, generando división y enfrentamiento entre el mismo pueblo.

Ríos Montt llevó a cabo la política de «tierra arrasada». El objetivo era erradicar de una vez por todas a la guerrilla. Siguió la táctica de privar al pez de agua.

Las consecuencias de la política de «tierra arrasada» fueron la desaparición de 448 aldeas y un balance de 14.000 muertos, 1 millón de desplazados internos, de los cuales 30.000 viviendo en las CPR (Comunidades de Población en Resistencia) y más de 150.000 en países vecinos.

A esto le siguió la estrategia de concentrar a la población sobreviviente en las llamadas «aldeas modelo» bajo estricto control militar, quien se asentó en destacamentos en sus proximidades, provocando el terror entre la población.

El P. Juan Alonso, de espíritu misionero y aventurero, estaba trabajando en el Vicariato Apostólico del Petén, al noroeste de Guatemala cuando se entera por radio del asesinato en el Quiché del P. Gran, también misionero de la Orden del Sagrado Corazón..

Escribió enseguida a sus hermanos del Quiché, ofreciéndose voluntario para ir a trabajar a Chajul, donde había muerto el P Gran. En sus 20 años de vida misionera siempre había elegido para sí lo más difícil y arriesgado.

Se puso en camino de inmediato y en el viaje se encontró con otra triste noticia: el P. Villanueva había sido asesinado también. Llegó a tiempo para acompañarle en su despedida.

Ante tal persecución la Iglesia deja el Quiché esperando mejores momentos y empieza la persecución sistemática contra catequistas y animadores de las comunidades.

El 10 de febrero de 1981 Juan Alonso estaba ya trabajando en el Quiché. Sus superiores habían aceptado su oferta con la recomendación de que tuviese cuidado y prudencia. Se encargaría de la zona norte del Quiché, y al P. Yunoy, que también se había ofrecido voluntario, le encomienda el obispo la zona sur. El obispo les pidió que ninguno estuviese solo. Junto a ellos dos quedaron también para esa tarea el P. Blanes y el P. Axel, sacerdote diocesano.

El 13 de febrero Juan Alonso estaba en Uspantán. Tenía el proyecto de administrar los Sacramentos y reunirse con las organizaciones parroquiales. Por la tarde fue llamado al destacamento militar; allí fue interrogado, ofendido y acusado por los militares, que intentaban emborracharle para arrancarle las confesiones que les convenían. Le dejaron libre a altas horas de la noche.

El día 14 estaba en Chicamán por la mañana y por la tarde volvió a Uspantán, donde estuvo esa tarde y la mañana siguiente. Para nada cambió su programa pastoral, siendo el centro de todo la celebración de la Eucaristía.

Después de comer se dirigió en moto a Cunén. Dos comandos militares le esperaban en las dos salidas del pueblo. Nunca llegó a Cunén, donde su retraso comenzaba a preocupar a todos.

Un muchacho que regresaba del mercado de Uspantán dio la noticia. Varios hombres armados y encapuchados forcejeaban con el P. Juan Alonso, mientras uno sujetaba la moto. Al ver el camión Juan Alonso pidió ayuda identificándose. Pero los enmascarados les amenazaron con sus armas y les obligaron a seguir camino. Pudieron ver cómo lo llevaban barranco abajo.

El administrador apostólico del Quiché, Monseñor Víctor Hugo, y el P. Axel fueron a recoger el cadáver donde les habían indicado, sin encontrarlo. Tan sólo localizaron la moto, el morral y el chubasquero.

Un soldado borracho, que contaba como una hazaña lo que habían hecho con el P. Juan, permitió encontrarle. Cuando los soldados bajaban por el barranco, el P. Juan Alonso pidió agua, pues sentía mucha sed. Se la negaron. Y le dieron tormento. En un ranchito cercano, una familia pedía a Dios que el sufrimiento no se prolongase. Le rompieron un tobillo, a la vez que le doblaban la pierna. Y, finalmente, tres disparos le destrozaron la cabeza. Los bomberos voluntarios trasladaron su cuerpo a Chichicastenango.

El día 17 martes se celebró una Eucaristía en su memoria. La Iglesia estaba casi vacía. El miedo de la población se palpaba en el aire. Sólo se encontraban en ella los celebrantes: tres obispos y más de 40 sacerdotes.

Pero, poco antes de la homilía, el templo se había llenado de fieles. Era una forma de testimoniar con obras las muchas que él había realizado por ellos en su labor apostólica y misionera. Un silencio impresionante presidió toda la ceremonia.

Enterrado en un principio al lado de sus hermanos que le precedieron en el martirio, hoy su cuerpo descansa en Lancetillo, en la zona Reyna, donde ejerció gran parte de su vida misionera.

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